Santa Anorexia

"Era por el año 800 D.C. En una lujosa estancia de un castillo portugués, la hija del rey, rechazaba los alimentos que le ofrecían, ayunaba y si la forzaban a comer vomitaba. Enflaquecía a ojos vistas, y prácticamente se estaba dejando morir de hambre. Todo antes de romper su voto de castidad y de servir a Dios." Sin duda, un caso típico de anorexia nerviosa que la convirtió en Santa Wilgefortis (del latin virgo fortis), o Liberata como es conocida en Francia, España y Portugal. Otra versión cuenta que venció su apetito como una expresión de su desinteresado amor a Dios.
 
Sobre este punto, Hubert Lacey, especialista en desordenes alimentarios del St George's Hospital Medical School de Londres, cuenta que "ella suplicó al Señor que la privara de toda belleza y Dios atendió, por lo que el vello masculino se extendió por todo su cuerpo y le creció barba. En su afán de renunciar a su femineidad se privó del alimento "en orden a preservar su virginidad". Esta rebeldía, imperdonable en la Edad Media, hizo fracasar los planes matrimoniales de su padre, el rey de Portugal. Entonces, su pretendiente, el rey moro de Sicilia, rompió el compromiso pactado sin su consentimiento y, en represalia, su progenitor la hizo crucificar. Se dice que este martirio no solo repercutió en toda Europa, sino que comenzaron a surgir cultos basados en este hecho, inusual en aquella época –que se sepa, la crucifixión dejó de emplearse como método de ejecución tras la caída del Imperio Romano— y, una vez canonizada, fue ungida en muchos países como la patrona de las mujeres que desean verse libres de las apetencias masculinas. Lacey se pregunta, entonces, si esta historia, que más parece una leyenda fantástica, no habría sido realmente la de muchas mujeres que padecieron la misma enfermedad: anorexia nerviosa. Se especula que la referencia en esta historia a la aparición del vello masculino, tras el ayuno forzado, no sería otra cosa que una forma de masculinización bien conocida en la patología de la anorexia nerviosa crónica.
 
Ayunar, no comer, rechazar el alimento para llegar al cielo... este fue el "leiv motiv" de muchas mujeres y no pocos hombres, y el terco empeño empleado por las religiosas aspirantes a santas asustó a sus mismísimos confesores, como ocurrió con Catalina de Siena y muchas otras "colegas" suyas. Con justicia se podría llamar a la época en que vivió la santa de Siena como la era de las santas anoréxicas. Rudolph Bell en su libro " describe la vida de 260 santas y beatas de la Iglesia Católica que tomaron el ayuno como una muestra de ascetismo y religiosidad precisamente en este periodo". Asimismo, Nilda Guglialmi explica también que Rudolph Bell diferenciaba las actividades correspondientes a los hombres que se libraban de pecados cometidos por sus cuerpos pero no insertos en ellos; en cambio las mujeres sacrificaban alimento para liberarse de sus cuerpos que estaban relacionados con lo material y lo impuro. Esto explicaría la actitud de muchas de estas mujeres que, además de negarse a comer, negaban también su propia naturaleza femenina.


La era de la anorexia

 

El caso particular de Catalina de Siena (1347 – 1380), hoy Doctora de la Iglesia, ha sido estudiado por los especialistas en trastornos alimentarios, no solo por haber sido un caso histórico sino porque, además, es un reflejo fiel de una realidad cuya continuidad se manifiesta ahora, siete siglos después de su muerte. Al igual que Wilgefortis, esta santa del siglo XIV , según Rampling, tenía los síntomas típicos de la anorexia nerviosa. Entre los antecedentes que condujeron a la enfermedad había una fuerte relación simbiótica con su madre, que ansiosamente velaba por la apariencia física de su hija como el camino hacia el matrimonio, y la rebelión de Catalina cuando se abstuvo del alimento para evitar el "pecado" de su atractivo.
Aunque los motivos que condujeron a esta santa a la desnutrición difieren de las anoréxicas actuales, que buscan el atractivo mediante la pérdida de peso, Catalina, además de no comer, se sentía obligada "a dejar una fina paja o alguna otra cosa comprimida bajo su garganta para provocarse el vómito", por lo que también se sospecha que haya tenido bulimia, pues la historia de su propia vida, reflejada en el testimonio dejado por sus confesores, revela sus trastornos alimentarios, los mismos que la habrían llevado a la muerte antes de cumplir los 33 años. Sus biógrafos cuentan que a los 7 años Catalina ya tuvo su primera visión de Jesús y al mismo tiempo comenzó a rechazar la comida, se impuso penitencias y manifestó su evidente rechazo al mundo, lo que asustó a sus padres. En la adolescencia, la futura santa ya sólo se alimentaba de hierbas y un poco de pan. Javier San Sebastián Cabasés  presume que estas hierbas "constituyen con toda probabilidad sustancias laxantes para purgarse, al igual que la caña que utilizaba para producirse el vómito precedido en ocasiones de atracones". Su celo por la fe la hizo convertirse en consejera del papa Gregorio XI en Avignon, en un vano intento por impedir el Cisma de la Iglesia Católica, pero no logró convencer al pontífice para que regresara a Roma. Su fracaso la sumió en una gran depresión, dejó de alimentarse y murió al poco tiempo.
Se sabe también que Santa Clara de Asís (1194 -- 1253), realizaba unos ayunos tan severos que preocuparon incluso a su mismísimo maestro espiritual, San Francisco de Asís, quien, en cierta oportunidad, le pidió que comiera un poco más a pesar de que él mismo solía someterse a una rígida dieta alimentaria, casi a "pan y agua", ya que, al parecer, ella estaba sufriendo los efectos de la inanición. La historia cuenta que en los tiempos de San Francisco, muchos de sus seguidores fueron juzgados y condenados a la hoguera, ya que su estilo de vida ascética, similar a la de Jesús de Nazaret, no cuadraba con los cánones sociales y religiosos de una época que, como la actual, daba más importancia a lo material sobre lo intelectual. Un caso similar al de Catalina habría sido el de la heroína francesa Juana de Arco (1412-1431), la "doncella de Orléans", de quien se sabe se sometía a largos ayunos, incluso antes de sus acciones militares para liberar a Francia, sometida al yugo inglés durante la Guerra de los 100 años, tras haber escuchado "unas voces" que ella atribuía a Dios y que le ordenaban empuñar las armas por su patria. Pero finalmente fue traicionada y entregada a los ingleses, quienes la acusaron de hereje y bruja y la obligaron a "abjurar" de su fe, enviándola posteriormente a la hoguera en Ruan.
Algunos autores presumen que en el Nuevo Mundo se dieron casos de anorexia nerviosa entre religiosas, beatas y santas. Así ocurrió en el Perú , unas mujeres que pretendían seguir el modelo de vida de Santa Rosa de Lima (siglos XVII-XVIII), y que fueron perseguidas por la Inquisición, y el de la mística y poetisa mejicana, Sor Juana Inés de la Cruz (1551-1695), de quien se dice que adoptó un régimen alimenticio donde sólo ingería agua y pan, el mismo que habría influido en sus estados alterados de éxtasis religiosos. Por su parte, para no perder la "costumbre", la santa española Teresa de Jesús (1515 - 1582) se hizo famosa por sus espectaculares éxtasis y levitaciones. Mientras sus biógrafos religiosos vieron en su vida un ejemplo de espiritualidad y entrega a Dios, los especialistas, desprovistos de dogmatismo, han visto en su caso la enfermedad de los ayunos.
 
Hasta el punto de morir de inanición, estas mujeres aisladas del mundo o recluidas en monasterios por imposición o voluntad propia, entretejieron la insólita historia de una patología que ha llamado la atención, hoy más que nunca, sobre los hábitos, costumbres y regímenes alimentarios del pasado, y la influencia que sobre éstos tuvieron las ideas religiosas y patrones sociales imperantes. La ciencia, antes que la teología o la hagiografía, ha puesto el ojo en la polémica sobre lo que antes era objeto de los miedos y supersticiones medievales. La anorexia pasó entonces, sino de señal de santidad, de posesión o de brujería, al rango de enfermedad. Ahora el problema era saber el porqué. El tema de las santas –y también de las brujas— anoréxicas configuró un insólito panorama social que, más allá de lo místico o profano, ha hecho las delicias de los estudiosos del comportamiento humano, que lo utilizan para comprender un poco más el problema actual de las millones de jovencitas anoréxicas que, bajo los dictados de la moda o la inconformidad, ya no por "amor a Dios" sino por el estereotipo social, se han convertido en un verdadero problema de salud pública en este loco comienzo del tercer milenio. "El sentido fenomenológico de la enfermedad –escribe San Sebastián Cabasés— era, en estos casos, el mismo que después manejó de alguna manera el psicoanálisis: la renuncia al cuerpo con caracteres sexuales y, en consecuencia, fuente de placer y atracción libidinal, en aras de conseguir una absoluta individualidad; un sentido de la existencia marcado por la penitencia, el sacrificio y también la productividad intelectual y artística. Es decir, a través de la restricción y de la purga, se conseguía la pérdida de cualquier rastro de feminidad potencialmente pecaminosa, elevándose el espíritu hasta el misticismo. Se trataba de mujeres ascéticas, resistentes, alejadas del mundo material, con una fuerza interior que les permitía sobrevivir a las privaciones, aún desarrollando una gran actividad." .
 
 
 


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